VENTANA A
A mi querida Sierra de
Villa
Es difícil describir tanta belleza aglomerada en la pampa surera, donde la naturaleza quiso que sus dones se entremezclaran para lograr una armonía inigualable.
¡Cómo no conectarse con las pequeñas cosas! ¡Cómo no zambullirse en el mar de los recuerdos!, donde la niñez aparece como un lugar privilegiado en mi vida y en la de muchos, aunque tengo la convicción de que no es así para todos.
Recuerdo las largas caminatas, por las calles de tierra, para llegar hasta el estruendoso río Sauce Grande, poblado de una tupida y típica vegetación serrana donde el sol imperante acariciaba, con sus rayos luminosos, la siesta estival.
Recuerdo ese silencio que apaciguaba los temores, un silencio curativo, anestésico,”único e irrepetible” y a lo lejos, algún caballo cimarrón galopando por los valles, en busca de un poco de acción ante tanta tranquilidad.
Recuerdo el tradicional ascenso al “Cerro del Amor”, travesía que nadie dejaba de realizar porque era una aventura distinta, una aventura teñida de incertidumbre, algo comprensible, por el miedo a la aparición de alguna iguana o culebra traicionera.
Recuerdo esas noches estrelladas donde la luna majestuosa, con su rostro sonriente, acompañaba el croar de las intrépidas ranas, la melodía vibrante de un grillo solitario, el camino vertiginoso de algún curso de agua, agua purificadora de mentes ciudadanas, cansadas de historias rutinarias y alocadas, donde el “cuánto tienes, cuánto vales”es moneda corriente, donde el reloj controla todas nuestras actividades, donde la cibernética acapara nuestras horas, dejando de lado la esencia del ” ser humano”.
Recuerdo esas tormentas veraniegas dejando un paisaje, valga el calificativo,alucinante,donde la brisa refrescante acompañaba el piar de los pájaros,o la nieve invernal que decoraba cada cumbre de los cerros aledaños o,ese incesante viento que despeinaba los añosos árboles, alfombrando de colores otoñales los pintorescos jardines desbordados de pinos,sauces,acacias y abetos, entre otros.
Recuerdo
Recuerdo las artesanías lugareñas, los alfajores característicos, las hierbas aromáticas como lavanda, tomillo y romero que perfumaban una estancia cercana, las flores multicolores acompañando nuestro paso y un ecoparque donde los ciervos, antílopes, cisnes, llamas y truchas se enredaban en una larga controversia, disputándose la atención de los forasteros.
Recuerdo las visitas a la casa de la centenaria “Doña Ana”, los desayunos en el, ya olvidado,”Hotel Argentino” y la casona de los enanitos, como la llamábamos familiarmente a la mansión ubicada en el callejón y en la cual los duendes de piedra custodiaban el vergel.
Recuerdo el Cerro Ventana que fue denominado “Casuatí” por los indígenas y que en lengua aborigen significaba lugar alto desde donde se mira”, y me atrevo a pensar, a afirmar y a discutir que por ese ventanal gigante, Dios espía con su enigmática presencia cómo la sucursal del Edén disfruta de la vida que él mismo nos regaló.


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